jueves, 20 de enero de 2011

Olvidos

Me di cuenta hace unas semanas, pero me acordé hace dos días. Iba por la calle en la que pasé con él uno de los mejores momentos de mi vida con un amigo, pasé por delante del portal donde todo ocurrió y como un flashback vino a mí. Yo contra la pared, él frente a mí mirándome fijamente a los ojos. Mi amigo me pregunta que si me pasa algo. «No, sólo se me fue la cabeza».

Entonces volvió a mi cabeza como un disparo y certero: le estoy empezando a olvidar. Su voz, su mirada, su olor... Estoy empezando por lo último. Me acuerdo que me encantaba que pasara a mi lado simplemente para que me dejara esa esencia exclusiva de él. Y lo estoy olvidando. Eso es bueno, supongo... pero me da miedo. Mucho miedo. De hecho, sé que no quiero olvidarlo. Diría (y digo) que es para no olvidarme lo mal que lo puedo pasar y no volver a caer, pero mentiría. Todos y yo el primero, sabemos que lo hago porque no quiero separarme de sus recuerdos, no quiero separarme de él.

¿Es un avance? Tal vez. ¿Es mejor para mí? Seguramente. ¿Quiero que lo sea? No. Más bien, no lo sé. No sé nada, como de costumbre. Quiero mejorar, quiero seguir adelante, quiero vivir; pero no sin él. No sin lo que me queda de él, por lo menos. Es un recuerdo, es una pesadilla, pero son míos. ¿Masoquista? Puede.  El mayor problema es que no sé si sigo sintiendo algo por él o simplemente es puro aferro al dolor. Lo que si sé es que con una palabra suya iría corriendo con él, sin importarme nada. Como bien me ha dicho Jota... estoy construyendo un muro demasiado alto para traspasar. ¿Cuándo aprenderé de verdad?

jueves, 13 de enero de 2011

El presente, hoy.

Haciendo un inciso en mi monotema y haciendo caso de un amigo que me ha escrito pidiéndomelo, informaré un poco de mi presente en vez de mi pasado.

La verdad es que tampoco hay mucho que contar. Mi presente, ahora mismo, se divide en tres. Vivir en el pasado la mayor parte del tiempo, tener miedo del futuro otra mayor parte y una pequeña parte dedicada a «vivir el presente». Aunque hay que matizar lo de vivir el presente: no es que por un momento me olvide de lo ocurrido y de lo malo por ocurrir y simplemente coja y sea feliz de la vida por unos instantes, sino que me centro al 100% en algo que me pueda mantener ocupado, como la Universidad.

Y gracias al cielo que estoy en la Universidad, porque si no, no sé lo que haría. Nunca he sido como los demás. Yo nunca he deseado que llegara el viernes para irme a mi casa y tirarme en el sofá a hacer nada. Tampoco me gustó que llegara la hora del recreo para salir a jugar con los demás de pequeño. Tanto ahora como antes, pero mucho más antes, quería estar ocupado todo el tiempo. No quería estar sin hacer nada, porque en el momento en el que estuviese así, me ponía a pensar, que en mí es algo negativo en el 90% de las veces. Ahora me dedico simplemente a hacer lo que haya que hacer, revisarlo unas cuantas veces encontrando mil errores por cada palabra escrita (una de mis cualidades, positiva o negativa, es encontrarme fallos en todo, aunque muchas veces lo que no encuentro es la manera de solucionarlos), hacer un resumen de algo y, a toda prisa, centrar mi atención en lo primero que se tercie.

Aparte de eso, vivo en una casa en la que la discusión está a la orden del día. Sea lo que sea, sea como sea, siempre ocurre algo que prende la mecha de la discordia. Hay veces que, con suerte, no estoy metida en ella, pero aún así, después de dieciocho años, sigo sin saber qué hacer. Sólo me siento, intento cerrarme en banda y sigo a lo mío, aunque hay veces que es imposible. Después de todo, aunque quisiera hacer algo, me derrumbaría en el primer momento. No es la primera vez que me dicen que tengo bastante temple (que no paciencia), pero no creo que la tenga de verdad. En cuanto consigo calmar las cosas, vuelvo a encerrarme, me siento contra la puerta y lloro, deseando que acabe todo de una vez. ¿Eso es poder aguantar las cosas?

Por mucho que pueda parecer fuerte delante de la gente, en realidad no lo soy. Y eso es una máscara que me he acostumbrado tanto a llevar que ya me resulta imposible quitármela. No sé ir a clase con el mismo ánimo que tengo cuando escribo estas palabras. No sé cruzar la puerta de mi casa con los mismos pensamientos que rondan mi mente mientras vuelvo andando. La he llevado tanto tiempo que no puedo ni quitármela cuando estoy completamente solo, en la oscuridad de mi cuarto, esperando que el sueño me gane la batalla. Se me ha olvidado ser yo. O a lo mejor soy yo el que está cambiando sin darse cuenta. En cualquier caso, ninguna de las dos opciones me convence. Me encantaría volver a como estaba hasta hace unos años: mejor solo que mal acompañado.

Volviendo al principio... el presente del que quería hablar en un principio era que, a partir del diez de febrero (no se sabe fecha exacta), tendré que someterme a una operación clínica. No es gran cosa, es debido a los quistes que tengo en el tobillo (un quiste viene a ser un espacio sin rellenar en el hueso) y después un par de días en el hospital y a casa con una escayola hasta la rodilla durante un mes y algo. No me preocupa pero... a decir verdad me pone un poco nervioso. En cuanto tengas más información relevante la pondré aquí.

Hasta entonces, gracias por leer. A todo el mundo.

12 - I - 2011

Otro día más y los recuerdos siguen llegando a mi cabeza como una ola a la playa. Hoy sería el último día que le viera en mucho tiempo.

El día once amaneció con un manto de nieve, resistente del día anterior. Conseguí despertarme a duras penas, y lo primero que vi fue un sms suyo: «Que te vaya muy bien en tu primer día de clase, rey. Te quiero.» Nunca, y no exagero, me habían despertado de mejor manera, no lo han vuelto a hacer y dudo seriamente de que vuelvan a hacerlo. Salí a la calle y todo me recordaba a él. La nieve, las firmas de la gente en ella con un «te quiero» o algún «para siempre»...

Esa tarde, como siempre, hablamos. «Te echo de menos». «Quiero verte». Y volvimos a quedar para el día doce de enero. Con decirme eso ya me alegró el día. Más de lo que estaba de por sí. Mi familia me preguntaba que por qué razón estaba tan contento y tan risueño. Simplemente les contestaba «no lo sé». Pero lo sabía muy bien. Me estaba pillando, de manera absurda. El problema está en que las pocas veces que lo he hecho, ha salido mal. Fatal. Para mí, claro está.

Día doce. Qué nervios. Por fin volvería a verle. Sus ojos, su boca, su pelo... él. Me da igual tener que ir hasta Vallecas para verlo (y está puesto en presente, no en pasado). La verdad, no hay mucho que contar. Él y yo, con varios amigos suyos tomando algo en un bar. Lo que sí que hay es algo que hacía que me dejaba sin palabras y sin saber qué hacer, qué decir o dónde mirar y mira que eso es raro en mí. Nadie sabía que era lo que era y, obviamente, ni siquiera me abrazaba en público; pero hay algo que sí que hacía cuando no estábamos solos:

 — Tss —yo le miraba esperando que me dijera algo— ... te quiero.

Todo en un susurro. Lo que hacía yo era simplemente ponerme rojo y mirar al suelo con una sonrisa estúpida. Estúpida como lo que puedo llegar a ser yo. Un par de manitas cuando no miraba nadie y a casa de nuevo. Se ofrecen a llevarme hasta el metro en coche, acepto, y en el camino, debajo de un abrigo mal colocado, él y yo cruzamos las manos mientras me dice al oído que ya me echa de menos sin haber salido del coche aún. Un adiós general y un cruce furtivo de miradas cómplices.

Para variar, llegaba tarde a mi casa y eso es un pecado mortal. En cuanto llegué, gritos de dónde había estado, que mañana había clase. Con tanto barullo, se me olvidó lo que me dijo antes de separarnos: «Cuando llegues a casa, mándame un sms». Me meto a mi habitación, en la cama sin cenar porque no tenía nada de hambre, y recibo otro mensaje. «Podrías avisarme, ¿no?». Le cuento lo que estaba pasando. Entonces recibo algo que se grabó en mi memoria con letra de fuego. «Joder nene, me siento impotente por no poder hacer nada. Imagínate que estoy ahí, abrazándote y protegiéndote. Tú métete en la cama y duérmete. Conmigo no te pasará nada.»

Me sigo aferrando a ello como a un clavo ardiendo. Quiero que me proteja. Quiero que me abrace. Quiero que cumpla su palabra. Cada vez que pasa algo así, recuerdo sus palabras y me lo imagino protegiéndome. Es un trueque simple. Cambio el estar mal por lo que esté pasando en el momento, por estar mal pensando en lo que no está pasando en realidad. Ni siquiera es un trueque, es un amontonamiento.

Tantas palabras que se desvanecieron con el viento del tiempo que ya no hago caso de las actuales. Sé que hay que seguir hacia el futuro, adelante. Lo que no sé es cómo.

lunes, 10 de enero de 2011

10 - I - 2011

Vaya mierda de día. Ni punto de comparación con el mismo día de hace un año. Y claro, se me juntan las cosas. Los recuerdos de ese día y del anterior (el nueve, el día en que nos conocimos), la mierda de día que llevo hoy, y lo subrayo, los nervios que tengo de por sí por algo que no sé qué es y... y... y todo.

Aún tengo las conversaciones guardadas desde el primer día que hablamos por msn. El veinte de diciembre de 2009. Y si la lees, no es una conversación para echar cohetes. Pero fue el principio de lo que sería una de las mejores y de las peores cosas que me han pasado. Las vuelvo a leer y me río. Me río y lloro. Sonrío... para acabar llorando de nuevo. Tuvimos un intento de quedar el día veintisiete, pero no pudo ser. Hasta que el ansiado nueve de enero llegó. El día seis no quedaba muy lejos aún, y durante un tiempo pensaba en él como mi regalo de Reyes.

Ese día me hizo reír de verdad. Me interesaba todo lo que me decía, y parecía ser mutuo. En un arrebato de niñería, le propuse echar una carrera cuesta arriba, con bastante gente en ella y, sorprendentemente, aceptó. Yo, para variar, me tropecé varias veces; nos reímos, gritamos, jadeamos al llegar arriba del todo... Sentí que podía ser yo mismo con él a mi lado. Llegó la hora de irme, y estuvimos cerca de quince o veinte minutos para despedirnos en la boca de metro:

 — ¿No te tienes que ir? Vas a llegar tarde.
 — Sí.
 — ¿No me das un beso?

Y me lo dio. Para rematar mi encoñamiento, saliendo del metro hacia mi casa, un sms suyo: «Me ha encantado estar contigo, rey. Eres un cielo :)». No tengo el móvil que tenía entonces, pero me sé cada uno de los sms que nos mandamos. Esa noche, dormí con una sonrisa en la boca.

Hablamos la mañana del día siguiente y, diciéndole que tenía que ir al centro a por un regalo, se ofreció a acompañarme para verme un poco más. Mira que es raro que pase, pero ese día ocurrió: nevó en la capital. Todo Madrid se cubrió de una capa blanca que embelleció la ciudad, por lo menos a mis ojos. Nunca había visto la nieve en persona, y bajé andando sonriendo como un estúpido por toda la Gran Vía. Hablamos, reímos, nos lanzamos bolas de nieve... lo normal. Mi madre me llamó y como de costumbre, acabamos como el perro y el gato y yo de morros. 

 — ¿Cada vez que te llame te vas a poner así?
 — No, pero tú lo has oído. Es sólo que... no lo aguanto.
 — ¿El qué?
 — (Tras explicarme mis desgracias del momento) No tienes por qué sentirte así.

Y me echó un discursito que, si no fuera porque ya estaba llorando de por sí, me hubiera echo saltar las lágrimas. Que si yo valía la pena, que si era inteligente para saber qué y qué no hacer... Y yo me lo creí. Una parte de mí, la Razón, me gritaba que no lo hiciera, que había tenido bastantes experiencias así, pero decidí no hacerla caso y dejarme llevar. Me prometió que se quedaría en Madrid, ignorando el viaje que tenía que hacer a Alicante. 

Me siento impotente, deprimido, idiota, tanto por no darme cuenta como por no aprender nunca... Me dijo tantas cosas que ahora no sé qué hacer con ellas. Esos dos días fueron dos de los mejores que he pasado. Hoy, un año después, estoy llorando mientras los recuerdo, soportando que una práctica de la Universidad me esté vacilando, mi madre gritando por yo que sé qué, pensando en una futura operación y con un nudo en la garganta porque se lo quiero contar a mis amigos pero no puedo. No sé como hacerlo. Nunca he sabido hacerlo. Pero eso es material para otro día.

domingo, 9 de enero de 2011

Presentación

Pues no sé muy bien cómo empezar, la verdad. Me ha dado por esto de los blogs y, siguiendo el consejo de un amigo que tiene razón como un bendito, pues creo este blog para poder conocer ideas y opiniones ajenas a mi círculo.

Soy un chico de Madrid, gay, dieciocho años, y con más miedos y complejos que un hipocondríaco. Raro y excéntrico. Y por si fuera poco, como me obsesione por algo, ya la hemos cagado. Ese es el problema, que me suelo obcecar en las cosas con bastante facilidad.

Tengo miedo de todo y sobre todo de todos. Las personas me dan ahora más pánico que nunca. Entre todo lo que ha pasado estos 3 años, soy bastante reticente a conocer a cualquier persona. ¿Y si sale algo mal? ¿Y si acabo mal como siempre? Preguntas que siempre me hago y de las que nunca obtengo respuestas.

Me han dicho por activa y por pasiva que deje de ser tan «bueno», que de bueno llego a ser gilipollas. Pero no sé ser de otra manera. Nunca he sido alguien popular, o con mil amigos, pero con las personas que conozco, e incluso con las que no, suelo preocuparme más que conmigo mismo. Siempre dejo de lado mi bienestar o directamente a mí mismo, para centrarme en la gente que me rodea. Y así, cuando quiero darme cuenta, tengo una bola enorme de problemas que sólo yo conozco, y no puedo deshacerme de ella.

Y habrá gente que tenga más problemas o peores que el mío, eso está claro, pero a los que me contestan con eso, decirles que me parece estupendo, pero por una vez me gustaría quitarme los problemas a mí, que ni siquiera sé como hacerlo. Otro problema más: Soy una persona de indecisión crónica. Si no tengo opciones a elegir, no sé en qué pensar, o directamente pensar. Si por el contrario, sí tengo opciones, nunca seré capaz de decidirme por una, al menos a tiempo.

Creo que como presentación, de momento esto ya es suficiente. Con cada publicación iréis sabiendo poco a poco cómo pienso, cómo soy, mis defectos... en fin, yo. Para finalizar, agradecería comentarios. Negativos, positivos... me da igual. Esto es para obtener opiniones. Gracias de antemano.