sábado, 25 de junio de 2011

25 - VI - 2011

Ya un año. Increíble.

365 días han pasado desde que le dejé ese mensaje que nunca contestó. 365 días desde que, como dice Jota, vivo amargado y en depresión continua.

La verdad es que han pasado muchas cosas desde entonces. Y de ellas sólo me arrepiento de una, la única que me atreví a hacer. 

Es verdad que ya debería hacer caso a la gente, simplemente por no seguir dando la lata con el tema, que parezco monotemático, y en realidad lo soy, pero al menos no parecerlo. O por lo menos no romper las promesas que he hecho de estar bien. No me gusta romper promesas. Si no aguanto que los demás lo hagan no puedo ir haciéndolo yo por la vida, ¿no?

En respuesta a la gente que no para de repetírmelo: Sí, sé perfectamente que hay gente que me quiere. Por eso me siento peor aún pensando que no dejo de defraudarles y no les dejo en paz. Pero parece ser que mi vida va por momentos bipolares. O me deprimo y no salgo, o me pongo a reír como un poseso gritando a los cuatro vientos, y a los cinco si hace falta, que soy la persona más feliz del mundo. Ni yo mismo me aclaro, y eso también cansa un poco.

Y claro, si encima me recluyo en casa sin salir pensando que no será buena idea, peor vamos. Dejando de lado el pensamiento de que si salgo romperé un ritual místico-masoquista de dolor y de autoflagelación que le debo por alguna extraña y perversa razón, si salgo, ¿qué hago? Seguramente lo que hice el año pasado nada mas ocurrir, emborracharme y quedarme en el suelo llorando mientras los que pasan por delante me preguntan si estoy bien y les falta echarme unas monedas.

Es muy fácil decir que me olvide cuando la mayoría de la gente que me lo dice tiene algo en mente de lo que también se debería olvidar. Pero, ¿me olvido de él o de lo que ocurrió? Si salgo de esta quiero salir más fuerte, pero tampoco con la barrera que tengo ahora y que nadie ha conseguido, o por lo menos intentado, tirar abajo.

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