martes, 5 de julio de 2011

Fiesta, o no.

Por lo menos el año pasado, con lo reciente que estuvo, salí de fiesta en el orgullo por Madrid. Me emborraché y tuve dos momentos de bajón en los que mi amiga y algunos desconocidos me intentaron animar, consiguiéndolo y todo.

Hoy, un año después, estamos a martes día cinco de julio, tres días después de que se hayan acabado las fiestas. He salido el viernes, día en el que terminé sin pantalones por causas ajenas a mi voluntad (véase: meterme en una fuente y salir con un agujero en el pantalón más grande que la pernera), y el sábado, día en el que, nada más dar la media noche, decidí irme a mi casa porque sabía cómo iba a acabar, aún habiendo empezado a llorar de antemano. Es muy triste estar solo en el metro llorando.

Y ésa es la principal razón por la que nunca, o casi nunca, quiero salir de fiesta: saber cómo voy a acabar. A veces me arrepiento por no haber salido, otras simplemente me pongo a hacer cosas y me encierro en mi mundo. Después me llaman soso y demás sinónimos, pero, aparte de merecérmelo, me da lo mismo. «Pero si sales puedes encontrar a alguien». Eso para mí no es un aliciente. De hecho, ahora mismo es una ayuda para no salir.

Ahora, un pensamiento me ronda la cabeza. No es la primera vez que me dice alguien que si me he planteado el irme a un psicólogo para que me ayude. La verdad, sí me gustaría ir a uno, a ver si soluciono algo, pero no quiero que se entere mi familia. Además, ¿de verdad estoy tan mal como para necesitarlo?

1 comentario:

  1. Venga, que yo soy tu conejillo de indias respecto a psicólogos, psiquiatras y lo que quieras añadir. En una temporada te contaré, pero seguro que algo positivo consiguen.

    Yyyy que te quiero.
    :3

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