domingo, 27 de mayo de 2012

Complejos

No. 

No estoy bueno. Ni mucho menos soy guapo. Ni tengo un perfil bueno.

No tengo ningún «don» a la hora de hacer las cosas. No sé dibujar, no sé cantar, no sé escribir, no sé jugar a ningún deporte, los estudios tampoco son mi fuerte.

Sin embargo, sigo aquí, vivo. No sé ni cómo, ni por qué ni mucho menos para qué. No creo que sea algo especial o necesario para la vida, tanto de alguien como la mía propia.

De hecho, soy una persona envidiosa. Y no de la buena, precisamente. Me encantaría poder destacar en algo: poder presumir de un dibujo, fardar de los goles que meto o lo que sea. Y, aunque suene superficial, incluso mirarme al espejo y sonreír por lo que veo.

Pero es mucho más difícil que todo eso. No se puede esperar a que algo así salga de la noche a la mañana, y mucho menos si no ha aparecido ya… no lo hará después, a no ser que tengas mucha suerte. 

Mañana no me miraré al espejo y me diré a mí mismo «qué bueno estás, cabrón». No escribiré un Quijote (y menos mal, porque lo odio) y no pintaré un Guernica. Y por mucho que la gente insista, supongo que hasta que yo mismo no esté orgulloso de algo que haya hecho no será suficiente.

El problema está en que nunca será suficiente. Sobre todo cuando, cada vez que descubro que hago algo medianamente bien, sale alguien —no necesariamente chino o asiático— que lo hace mucho mejor que yo.

Lo único que me queda es seguir adelante con lo que tengo. Y lo haré. Porque si he llegado aquí, puedo aguantar 20 años más. O eso espero.

miércoles, 2 de mayo de 2012

One week later...

Una semana después, o mejor dicho, cinco días después, estamos cada uno en su casa, sin el otro. Yo, por mi parte, me estoy empezando a agobiar al pensar que esta noche dormiré solo. Y lo que me queda por delante, claro.

Si me ha costado tanto levantarme de la cama esta mañana porque ha sido levantarme, no despertarme ha sido sencillamente porque no quería que esto acabara. Sólo intentaba retrasarlo al máximo, un desesperado intento de que siguiera todo como estaba. Tú a mi lado, acosándome a besos y haciéndome cosquillas. Llenándome de tu olor, de ti. Tu mirada fija en mí y tus brazos rodeándome. Nunca había sido nada tan genial.

Desde luego, cada vez que me tengo que ir, lo paso mal. Lo peor de todo es que me doy cuenta más y más de que no puedo hacerlo. Y, como tú dijiste anoche, no sé qué va a pasar en septiembre. Un día que va a llegar queramos o no. Yo me había encerrado al pensar que todavía quedaba mucho tiempo... pero me equivocaba, en cuatro meses, fuera.

Sé muy bien lo que va a pasar por mi parte: echarte de menos. Sé también lo que va a pasar por la tuya: subirte por las paredes. Pero tengo miedo al miedo que tienes. El miedo nos lleva a hacer cosas, y el que decide sobre esta relación eres tú, porque yo no pienso dar nada por terminado. Me dijiste que tenías miedo de que «los otros 6 meses juntos no vayan a llegar» y que sólo me podías prometer que no me harías daño. Con «vayan», esa frase denota realidad, no posibilidad; y el «sólo» tampoco me tranquiliza mucho.

Sé que no me harás daño, me di cuenta ayer. Mientras nos duchábamos, cuando dijiste «nunca te había querido tanto» (y sólo por volver después del médico), supe que nunca lo harías, aunque te lo propusieras. Yo también tengo tu problema: no puedo dejar de besarte.

Tengo un anillo en el dedo que simboliza que alguien en algún lado me quiere, y yo no pienso defraudarle. Nunca más. Tengo unos planes que te incluyen y ya sabes muy bien cuáles son, y odio tener que cambiar planes.

Ya sabes cuál es la única manera en la que me harías daño.