No.
No estoy bueno. Ni mucho menos soy guapo. Ni tengo un perfil bueno.
No tengo ningún «don» a la hora de hacer las cosas. No sé dibujar, no sé cantar, no sé escribir, no sé jugar a ningún deporte, los estudios tampoco son mi fuerte.
Sin embargo, sigo aquí, vivo. No sé ni cómo, ni por qué ni mucho menos para qué. No creo que sea algo especial o necesario para la vida, tanto de alguien como la mía propia.
De hecho, soy una persona envidiosa. Y no de la buena, precisamente. Me encantaría poder destacar en algo: poder presumir de un dibujo, fardar de los goles que meto o lo que sea. Y, aunque suene superficial, incluso mirarme al espejo y sonreír por lo que veo.
Pero es mucho más difícil que todo eso. No se puede esperar a que algo así salga de la noche a la mañana, y mucho menos si no ha aparecido ya… no lo hará después, a no ser que tengas mucha suerte.
Mañana no me miraré al espejo y me diré a mí mismo «qué bueno estás, cabrón». No escribiré un Quijote (y menos mal, porque lo odio) y no pintaré un Guernica. Y por mucho que la gente insista, supongo que hasta que yo mismo no esté orgulloso de algo que haya hecho no será suficiente.
El problema está en que nunca será suficiente. Sobre todo cuando, cada vez que descubro que hago algo medianamente bien, sale alguien —no necesariamente chino o asiático— que lo hace mucho mejor que yo.
Lo único que me queda es seguir adelante con lo que tengo. Y lo haré. Porque si he llegado aquí, puedo aguantar 20 años más. O eso espero.