jueves, 13 de enero de 2011

12 - I - 2011

Otro día más y los recuerdos siguen llegando a mi cabeza como una ola a la playa. Hoy sería el último día que le viera en mucho tiempo.

El día once amaneció con un manto de nieve, resistente del día anterior. Conseguí despertarme a duras penas, y lo primero que vi fue un sms suyo: «Que te vaya muy bien en tu primer día de clase, rey. Te quiero.» Nunca, y no exagero, me habían despertado de mejor manera, no lo han vuelto a hacer y dudo seriamente de que vuelvan a hacerlo. Salí a la calle y todo me recordaba a él. La nieve, las firmas de la gente en ella con un «te quiero» o algún «para siempre»...

Esa tarde, como siempre, hablamos. «Te echo de menos». «Quiero verte». Y volvimos a quedar para el día doce de enero. Con decirme eso ya me alegró el día. Más de lo que estaba de por sí. Mi familia me preguntaba que por qué razón estaba tan contento y tan risueño. Simplemente les contestaba «no lo sé». Pero lo sabía muy bien. Me estaba pillando, de manera absurda. El problema está en que las pocas veces que lo he hecho, ha salido mal. Fatal. Para mí, claro está.

Día doce. Qué nervios. Por fin volvería a verle. Sus ojos, su boca, su pelo... él. Me da igual tener que ir hasta Vallecas para verlo (y está puesto en presente, no en pasado). La verdad, no hay mucho que contar. Él y yo, con varios amigos suyos tomando algo en un bar. Lo que sí que hay es algo que hacía que me dejaba sin palabras y sin saber qué hacer, qué decir o dónde mirar y mira que eso es raro en mí. Nadie sabía que era lo que era y, obviamente, ni siquiera me abrazaba en público; pero hay algo que sí que hacía cuando no estábamos solos:

 — Tss —yo le miraba esperando que me dijera algo— ... te quiero.

Todo en un susurro. Lo que hacía yo era simplemente ponerme rojo y mirar al suelo con una sonrisa estúpida. Estúpida como lo que puedo llegar a ser yo. Un par de manitas cuando no miraba nadie y a casa de nuevo. Se ofrecen a llevarme hasta el metro en coche, acepto, y en el camino, debajo de un abrigo mal colocado, él y yo cruzamos las manos mientras me dice al oído que ya me echa de menos sin haber salido del coche aún. Un adiós general y un cruce furtivo de miradas cómplices.

Para variar, llegaba tarde a mi casa y eso es un pecado mortal. En cuanto llegué, gritos de dónde había estado, que mañana había clase. Con tanto barullo, se me olvidó lo que me dijo antes de separarnos: «Cuando llegues a casa, mándame un sms». Me meto a mi habitación, en la cama sin cenar porque no tenía nada de hambre, y recibo otro mensaje. «Podrías avisarme, ¿no?». Le cuento lo que estaba pasando. Entonces recibo algo que se grabó en mi memoria con letra de fuego. «Joder nene, me siento impotente por no poder hacer nada. Imagínate que estoy ahí, abrazándote y protegiéndote. Tú métete en la cama y duérmete. Conmigo no te pasará nada.»

Me sigo aferrando a ello como a un clavo ardiendo. Quiero que me proteja. Quiero que me abrace. Quiero que cumpla su palabra. Cada vez que pasa algo así, recuerdo sus palabras y me lo imagino protegiéndome. Es un trueque simple. Cambio el estar mal por lo que esté pasando en el momento, por estar mal pensando en lo que no está pasando en realidad. Ni siquiera es un trueque, es un amontonamiento.

Tantas palabras que se desvanecieron con el viento del tiempo que ya no hago caso de las actuales. Sé que hay que seguir hacia el futuro, adelante. Lo que no sé es cómo.

1 comentario:

  1. Como sigas así volveré a caer en mi pozo particular, y no me sale de las narices xDDDD

    Nadie cumple su palabra. Salvo que, esta vez, somos tú y yo los damnificados.

    ResponderEliminar