He aquí la primera parte de la saga del relato de mis andanzas con Oporto. Y como veis en el título, lo voy a hacer por partes. Otra vez. Eso me ha gustado, y también porque todo lo que tengo que contar es largo, así que no voy a petar una sola entrada con todo... sobre todo con la última de las entregas.
A lo que iba, como dije en la entrada anterior, me iba a ir a Oporto con Ma. Dicho y hecho. El miércoles 9 de diciembre nos encontrábamos a las 6:20 a.m. en la cabeza del tren de Cercanías dirección al aeropuerto. Yo estaba nervioso, como es normal. No sólo iba a ser mis primeras vacaciones/puente/escapada sin mis padres, ni siquiera con mis amigos, sino con mi novio. Con él. De hecho, mientras el tren reducía al velocidad a medida que entrábamos en el andén de Atocha, me alteraba más pensando que había perdido el tren o no estaba en el momento justo en el lugar adecuado. Sin embargo, verle allí, hizo que sonriera como creo que nadie haya podido sonreír a esas horas en las que el mundo aún no tiene las calles puestas. Con su maletita, abrigo, gorrito con pompones y bufandita, esperándome en el sitio que dijimos. Un beso de buenos días (el primero de los que serían 4 despertares estupendos a su lado), y dispuestos a llegar al avión para escaparnos los dos.
Loleadas aparte, y una hora escasa después de la salida del vuelo, llegamos a nuestro destino en perfectas condiciones: sin turbulencias, sin tormentas, sin Godzillas... Un viaje normal como quien se va al pueblo de Guadalix, vaya. No podíamos entrar al hotel hasta la una, así que nos quedaba una maravillosa hora por delante para hacer mayormente nada. Bueno, sí, yo sí que hice, cargarme el asa de la maleta con la que habría de cargar en la mano, y no pesaba poco. Ah, un dato importante: «El aeropuerto allí es de andar por casa» (cita textual de Ma) y «esto en España no pasa». Y con lo último me refiero a cualquier cosa, ya sea para bien como para mal, pero «eso en España no pasa». La Andante que compramos nos permitiría usar los transportes públicos sin límites, aunque Ma no la supiera utilizar y nos tuviéramos que tirar media hora para que se le validara la tarjeta (Nota importante: «Validare o seu cãrtao é obrigatorio»).
Ais, allí las cosas son distintas. No tienen ni tornos en el metro (nótese que he usado la palabra «tornos» en vez de la expresión «tiqui-tiqui» de toda la vida), y ese mismo metro (como el ligero de Madrid, para qué nos vamos a engañar) está más limpio que una patena, marcha sobre verde y no tiene ni una sola pintada a no ser que estés en el propio centro (Trindade). Porque eso en España no pasa, y todos lo sabemos. En cuanto a callejeo, eso es peor que Toledo, y ya es decir, en lo que a cuestas se refiere. Venga a bajar y venga a subir. Con la tontería de tener el Duero allí, más te vale coger O Funicular do Guindais si no quieres tener que subir o bajar durante mínimo 5 minutos por escaleras y cuestas por un barrio de dudosa reputación y miedos varios infundados de noche.
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