¿Qué se supone que ha de sentir uno que está cumpliendo un sueño? En mi interior hay un barullo tan caótico que no logro poner en orden mis sentimientos, ni mucho menos asignarles una propiedad…
Hace cuatro años todos éramos uno críos que no sabíamos nada. En aquel viaje de fin de curso, creo que todos, en mayor o menor medida, nos enamoramos de esta ciudad. Tal fue el impacto que prometimos volver e incluso, algunos —entre los que me encuentro—, vivir aquí.
Muchas cosas han cambiado desde entonces. Muchos amigos se han ido, otros han llegado; mentalidades, sueños y percepciones se han difuminado, creando otras nuevas a partir de la nube del cambio. Sin embargo, yo me mantuve firme: sabía lo que había sentido al venir aquí y sabía que no era un capricho más. Era uno de los cinco sueños que, sin quererlo, formarían lo que ha sido mi vida hasta ahora.
El tiempo puede erosionar los recuerdos, tallando unos nuevos. Pero si la roca es suficientemente fuerte, puede aguantar vendavales, terremotos e inundaciones. Al fin y al cabo, el material más duro es de lo que están hecho los sueños, ¿no?
Ahora, cuatro años, he cumplido mi promesa. Estoy viviendo (o intentando vivir) aquí. Uno de esos cinco sueños se empezó a cumplir en febrero, cuando supe que me vendría, y tomó forma en la realidad cuando pisé suelo parisino. Todo está tan igual a como lo vi entonces y tan diferente al mismo tiempo…
Por eso no pienso renunciar a esto. No voy a permitir que los obstáculos que me pongan sean un impedimento para vivir un sueño que ha crecido conmigo. No voy a dejar de lado lo que siempre deseé y me hizo tal como soy porque dos problemas salgan a mi paso. No aquí, no ahora.
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