¿Las personas estamos diseñadas para esto? ¿Acaso somos unas vendas para ayudar a otros a tapar heridas que nunca van a cerrar? Estamos creados para ser la excusa de otra gente, una herida más.
A lo mejor solo somos unas pastillas pasajeras que calmen el dolor. Pastillas de las que disponemos por un tiempo indefinido; cuando se acabe el tratamiento, no las volverás a tomar. O no. O simplemente somos una herramienta más para crear recuerdos que nos ayuden —o entorpezcan— en nuestro camino a seguir.
En nosotros está decidir si se convierte en una mano amiga para aprender de los errores, en un obstáculo que nos impida seguir o simplemente un objeto decorativo más que nos devuelva a aquellos tiempos felices.
En todo caso, no somos más que eso: herramientas. No se nos usa, nos usamos a nosotros mismos. Nos juntamos con otra persona y, con ella, creamos recuerdos, historias, vivencias, deseos, promesas que nos van marcar como somos.
No seremos más ese «¿seré la razón de no dormir de alguien?», seremos el porqué del cómo. No tiene que haber maldad alguna, o simplemente una finalidad destructiva —eso depende de cómo se use—, pero no somos más que meras herramientas.
Ese conjunto de sensaciones y experiencias compartidas, todas esas promesas, todo tirado por la borda para pasar a la siguiente herramienta. Así hasta que encontremos una que creamos que pueda durar indefinidamente