martes, 24 de julio de 2012

Despite the flaws...

Nunca he sido una persona que haya disfrutado de las alegrías. O incluso de la felicidad. Para mí siempre han sido un placer pasajero, algo con lo que no tenía entablar mucha relación, pues tarde o temprano —normalmente temprano— desaparecería de mi lado.

Quitando estos últimos 9 meses, dos años de depresión crónica y una espiral de clausura permanente demuestran las palabras dichas un poco más arriba. Me encerraba en un presente que no vivía para recordar un pasado que nunca volvería e imaginarme un futuro que nunca llegaría.

Vivía de los recuerdos, de lo que había pasado, de aquella felicidad que había experimentado y que se había ido incluso más fácil de cómo había llegado. Estaba estancado. No podía seguir adelante. Quizás —seguramente— no sea lo correcto depender de alguien o de algo para poder ser yo mismo con la vida que me dieron sin pedirlo.

Ahora, sigo siendo el mismo. He cambiado. Por supuesto que he cambiado: las cosas me han empezado a ir mejor, o directamente bien, por una vez; y los resultados me han hecho volver a ser quien fui una vez. Sin embargo, dos años de personalidad trastocada han dejado cicatriz. Nunca podré dejar ese tiempo atrás ni olvidarlo. Quiera o no, ahora forma parte de mí.

Y, ¿cuál es la consecuencia? Que los miedos, las inseguridades, los complejos y un largo etcétera me acompañarán para los restos. Cierto es que, con su compañía, se reducen drásticamente los efectos; pero siguen estando ahí. Supongo que es normal, no existe nadie que no tenga nada de eso. Digamos que es mi tara. Ahora bien, ¿qué pasará —o pasaría— si me vuelvo a quedar solo? No podría afrontarlo. No de nuevo. Sé, y por desgracia me conozco lo suficiente, como para saber que no volvería a pasar página.

Nunca terminaría mi historia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario